Eduardo Zacarías.- La ética propuesta por Confucio, basada en la perfección moral y la justicia, estremeció la estructura política de una China feudal y política de los años 500.
Filósofo, teórico social y fundador de un sistema ético (más que religioso) que ha llegado hasta nuestros días, Kung-tse (Confucio, para occidente) vivió en la China feudal hace 2 mil 500 años, entre el 551 y el 479 a. C.
Sus orígenes eran muy humildes, pero desde joven mostró una gran inclinación por los libros antiguos y, con el tiempo, desempeñó una alta posición como funcionario del estado de Lu, en la actual provincia de Shang-tung.
Con una visión adelantada a su época este hombre quiso cambiar la forma de proceder de los políticos. Motivo por el cual fue objeto de múltiples desgracias que sirvieron para que demostrara su madera de santo.
Al analizar, leer y profundizar en la vida de este personaje podemos pensar que esta misma historia se repitió con las existencias de Jesús el Cristo y Mohandas Ghandi, por ejemplo.
Es increíble la capacidad que tenemos los seres de no poder aceptar los cambios y rechazar ofertas de perfección, progreso y mejoras. Siempre hemos permanecido cegados por las ansias de poder y riqueza, las mismas que no permitieron que Confucio desarrollara su máximo objetivo:
la sabiduría y el autoconocimiento, más allá de la salvación.
Él tuvo que luchar en un país dominado y manejado por la corrupción.
Donde la moral y la ética no eran lo primordial. Su ideal fue motivo para que fuera expulsado y condenado del mundo magisterial de su país. Esto debido a que procedió de una manera más franca de la que convenía a un político.
Ordenado y meticuloso, Confucio se mostró como una persona a la cual
la educación y la formación del pueblo era pieza vital del desarrollo de un pueblo. A la edad de veintidós años se puso a enseñar lo que aprendía en los libros antiguos.
Su buena voluntad se mostraba cuando no cobraba una cantidad fija a sus discípulos. A los jóvenes carentes de recurso pero dotado de talento les impartía sus enseñanzas gratuitamente.
El aspecto de quien llegara a ser maestro para diez mil generaciones nos parecería un poco cómico si pudiéramos conocerlo. Tenía la nariz con anchas aletas acampanadas, los ojos saltones y cándidos, una curiosa depresión en la cúspide del cráneo y los bigotes colgándole del rostro en largos flecos. El quimono y un alto bonete de colores completarían la extravagante imagen.
Lejos de la mística y de las creencias religiosas, el confucionismo se propone como una filosofía práctica, como un sistema de pensamiento orientado hacia la vida y destinado al
perfeccionamiento de uno mismo.
La enseñanza del maestro es una propuesta interesante. Nunca habló sobre Dios o el Alma. Tampoco hizo metafísica.
Su enseñanza es moral y política, una apuesta arriesgada para la China de entonces.
No pretendió ser santo, ni profeta, ni poseer la clave de los secretos del Universo. Su doctrina se resume en un precepto:
>“No hagas a los demás lo que no desees que los demás te hagan a ti”.
Sorprende la forma en que Confucio concibe la república. Una sola, vasta y bien avenida familia en la que la relación entre soberano y súbdito fuese la misma que entre padre e hijo.
Confucio soñó a los hombres libres, virtuosos y bien gobernados, pero no devotos ni fanáticos. Pasó a ser el “rey sin reino” y el “maestro para mil generaciones”.
"Contrólate a ti mismo hasta en tu casa; no hagas, ni aún en el lugar más secreto, nada de lo que puedas avergonzarte"
Confucio
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